martes, 19 de enero de 2010

Hablar por hablar /27

Silencio, espera, llamadas, un teléfono que suena en la noche… y nadie quiere dar la noticia a una madre. La fueron a buscar a casa. Con engaños dulcificaron la importancia del hecho. Con el tiempo fueron ampliando y convirtiendo en grave lo que antes era leve, pero no se lo dijeron. Llegó al hospital y el nudo que tenía en la garganta era un aviso de que nada bueno le esperaba. Y allí, sin tecnicismos, sin palabras ampulosas, con el cuidado que se puede tener al dar una noticia de ese tipo a una madre, un médico le dijo que su hijo había fallecido en el trayecto, que el golpe afectó a órganos vitales, que nada pudieron hacer.

Y allí, en un pasillo, en un edificio de salud y enfermos. Allí acabó el mundo, como siempre lo había concebido para la madre de Joaquín.

Convertida la sonrisa en una mueca, sin querer creer que aquello que le estaban diciendo fuera cierto. Con la sangre agolpada en la cabeza, sin palabras ausentes y sólo un deseo, una fuerza, una ansiedad, ¡ser ella, ser ella!, ¡que no fuera su niño!, ¡ser ella! Nada podía vencer aquel dolor, aquel abismo, aquel desgarro. Y sólo le salía en un grito, en un improperio lanzado a los cuatro vientos, todo su dolor, su desesperación. Su llanto seco y profundo se concentraba en una sola palabra, en una sola oración, en un solo nombre, ¡Joaquín, Joaquín!. No estaba nombrándole. Lo estaba convocando junto a ella en un último intento desesperado de que aquella pesadilla acabara, que aquello no fuera cierto. De nada valía el hombro de sus familiares, de sus amigos, ¡Joaquín, Joaquín! Buscando fuerzas de la flaqueza para que su grito fuera terrible sin pretenderlo. Porque su única intención era que fuera tan potente para traspasar muros y vientos y que él la escuchara. Desgarrador para que venciera las barreras del espacio, de la lógica y le trajeran a su niño de allí donde estuviera. De allí donde quería negociar un canje y dar su vida para recuperar la del que invocaba, ¡Joaquín, Joaquín!. Le administraron un calmante y mucho cariño. Le dijeron palabras reconfortantes. La besaban, la abrazaban y ella sólo quería que la dejaran en paz para concentrarse en intentar buscar una solución para recuperar a su niño. Se ahogaba en su grito, ¡Joaquín, Joaquín! Sólo quería morirse y no había en la Tierra un lugar donde pudiera encontrar consuelo, ni sosiego, ni paz,¡ Joaquín, Joaquín! Su voz desgarrada era un estilete que se introducía en el alma y en el ánimo de los que la escuchaban. Se le había roto el corazón o al menos se lo habían arrancado de cuajo aquel día, en aquel hospital. Sus gritos fueron cediendo, sus fuerzas se fueron perdiendo. Lograron que se sentara y allí se quedó con la mirada ausente, perdida, como una estatua. Inane, ajena al mundo, prisionera en su interior, esclava de su desgracia.

Pasaron horas en las que parecía que se había ausentado del mundo. Pasaron delante de ella mucha gente que le daba el pésame y pensaba cómo hubieran reaccionado ellos ante un hecho similar. Pasaron otros que querían ayudarle y no sabían cómo. Otros sabían como hacerlo pero ella estaba encapsulada en la nada, en el delirio. En un estado de prevención ante el precipicio que impide caer más y sentir mucho. Pero seguía aquel vacío, las ganas de gritar y la impotencia de no hacer nada, la imposibilidad física de poder pensar coherentemente. El dolor se había desbordado. Había empapado como lluvia de mayo cada uno de sus términos sensibles y algunos órganos que desconocía. Era tan fuerte el dolor que apenas podía diferenciar la realidad de lo ficticio.

© 2009 jjb

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3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y llorar hasta no tener lágrimas,y querer despertar de esa pasadilla,y mirar a través de los demás..como si fueran transparentes..y quedarte esperando que vuelva tu niño de cara dulce,de ojos sonrientes,esperando el abrazo confortador de sus brazos jóvenes y fuertes....esperar...esperar...

Anónimo dijo...

Toda muerte es dura, dificil de aceptar. Te rebelas, lloras, maldices, odias, culpas y te culpas, pero al final aceptas y sigues adelante, con el corazon roto de por vida y la vida destrozada sin corazon...

Nieves dijo...

¡Hola!
No he podido evitar que al leer se me haya puesto la piel erizada. No és fácil para un sanitario dar una mala noticia. Lo digo por mi experiencia personal, soy sanitaria. Nunca, nunca nos acostumbramos a eso. Aunque desde fuera parezca que estamos hechos a decir estas cosas. Somos humanos como los demás, de ahí debe nacer digo yo, la vocación al projimo que tenemos. Si perdieramos la humanidad, dejaríamos de ser humanos. Y yo desde luego, no quiero. Yo como madre, como hija, como amiga, no me gustan las malas noticias. Aparte que enterrar a un hijo debe ser lo más terrible que puede ocurrir. Así que me uno al dolor de esa madre, como madre y como profesional, pues se dá muchas vueltas y se reune valor para dar una noticia así. Un beso. LunaAzul.