viernes, 17 de abril de 2009

Nueremberg /25

Tras aquella despedida, volvieron a sus ocupaciones, que eran fundamentalmente beber y hacer el gamberro, Ana se quedó allí, desamparada, sin una de las dos únicas personas con las que se podía comunicar de manera razonable en aquella sala. Todos se acercaban y le hacían pamemas, gestos cariñosos que ella entendía como despedidas parciales, muestras de cariño, apenas había podido comunicarse con ellos, pero sabía que ellos apreciaban su sonrisa, su musicalidad al hablar, eran buenos chicos, aunque en aquel momento poco o nada le interesaban.

El seguía entregado a aquella orgía de exaltación de la amistad, a veces hacía un aparte y hablaba con unos y otros de trabajo, de que debían institucionalizar reuniones periódicas para compartir conocimientos, experiencias, para decirles a todos que si pensaban ir a España de vacaciones que por favor pasaran por Madrid para verle; esas cosas que se dicen cuando te estás despidiendo y que después son palabras vanas, promesas olvidadas por uno y por otro, partes de una formula de amabilidad que nadie entiende como una obligación, ni siquiera como una posibilidad.

Y de vez en cuando, se sentaba junto a Ana, que le sonreía, que hacia esfuerzos para no darle la mano, que le decía que no bebiera mucho, que le mentía diciéndole que lo estaba pasando muy bien, que le volvía a sonreír para darle vía libre a su escapada a la barra, a la búsqueda de otro amigo, a la huída.

Ellos seguían, y Ana estaba cada vez más disgustada con toda aquella situación, no era aquello lo que quería, y no podía disimularlo. Como el agua carece de efectos balsámicos, enervantes, depresivos, eufóricos, todo aquello le resultaba anacrónico, estaba fuera de lugar, desconocía las razones por las que reían, no quería estar allí, discretamente le llamó a él, y le dijo, me voy, estoy muy cansada, subo a dormir, mañana nos vemos en el desayuno.

Vale, eso es lo que el acertó a decir, vale, y ese vale lo tenía Ana clavado en el corazón y en el cerebro, el agua sí provocó en aquel momento la ira, la sensata justicia que le provocaba unos enormes deseos de asesinarle, de lapidarle en plaza pública. Vale, había dicho vale, y allí se había quedado ampliando aquella juerga absurda que ella no lograba entender. Su abuela se lo decía, Ana ese carácter desabrido te perderá, los hombres son así, y así hay que aceptarlos, hay que aguantarles mucho, no estaba la noche para abuelas, y estaba harta de aguantar, su cupo estaba cerrado, y su iracundia estaba rebosante.

La fiesta estaba de capa caída, las botellas estaban en mínimos, los estómagos estaban completos, los ánimos habían culminado su curva ascendente y estaban en caída libre con una ralentización de movimientos, de palabras, de hechos. Era hora de pensar en la retirada, era el momento de hacer un último acto de pericia y encontrar el camino para llegar a la habitación y una vez allí encontrar la llave y la forma de introducirla en la cerradura. Era el momento de dar por terminado el acto y por extensión aquellos días en Nueremberg que nunca olvidarían.

Ana seguía guisándose en su propia salsa de contrariedad, se había puesto el camisón que su madre le había comprado en El Corte Inglés, precioso, y estaba escuchando música en la radio, música alemana, pero no la escuchaba, solo tenía el aparato encendido, mientras ella, sin apartarse un segundo en la búsqueda de motivos para su ira, intentaba escuchar los sonidos que indicaran que la fiesta había acabado.

El se dirigió torpemente al ascensor, en compañía de vete a saber quiénes, con cara ausente, con una sonrisa bobalicona y fácil siempre dispuesta, que se manifestaba por simpatía en cuanto alguno soltaba un arrebato de comienzo. A trompicones, con serias dificultades para entrar, para apretar el botón, logró finalmente llegar a su habitación, y abrir la puerta, estaba, por una automática costumbre que vencía borracheras y lejanías, limpiándose los dientes, tres minutos mecánicamente repetidos, con alguna dificultad por mantener la localización, y justo en aquel momento, sonaron unos golpes en la puerta, alguien llamaba.

Tambaleándose llegó hasta la puerta, abrió y allí estaba Ana, con un camisón mínimo, con una sonrisa amplia, con una mano apoyada en el quicio y él se quedó petrificado ante aquella visión, sin articular palabra, observándola torpemente, con el descaro propio de su estado y con la cara acorde al mismo, creyó entender que Ana le decía, ¿es que no me vas a invitar a entrar?, y se apartó hacia un lado. Ana entró con paso firme y se hizo dueña de la habitación.


© 2009 jjb


votar


jueves, 16 de abril de 2009

Nueremberg /24

Siguieron en el parque, pero no salían de aquel circulo vicioso en el que él quería más tiempo y ella quería más acción, el problema es que él o no quería enterarse o no se enteraba, y Ana optó por seguir sus propias indicaciones, y pasoó a la acción, se sentó en sus rodillas mirando hacia él, le abrazó y empezaron una interminable sesión de besos, de abrazos, de acercamientos, de aproximaciones que casi acaban en la fusión de los cuerpos sólo separados por sus ropas, los alemanes seguían sonriendo y no parecían escandalizarse por aquello que en España era simplemente imposible, y allí siguieron, en momentos que recordarían en su conjunto y en sus partes, junto al río, el mismo río que interrumpe las mejores situaciones de amor aliado con el frío, porque la tarde estaba cayendo y el frío y los efluvios del río, a Ana, acostumbrada al clima cálido de su tierra, le estaban jugando una mala pasada, nada es peor para el amor que los elementos, nada puede más con la pasión de dos amantes que el frío extremo, así que desandaron el camino hacia el hotel, juntos como una sola persona al comienzo, y separados a una distancia en la que podrían ser vistos por alguno de los pocos conocidos que tenían en aquel pueblo.

Yo subo un momento a la habitación, ve, y él se quedó con sus compañeros que estaban entregados en cuerpo y alma a los mismo que el día anterior, a emborracharse, estaban en los preparativos, pero alguien, posiblemente Ian, recordó que había estado en España, en Mallorca, el año anterior, y había probado una bebida buenísima, no acertaba a decir su nombre, ¿platia?, tronquia?, ¿tranvía?, no había forma, le dijo que le explicara en qué consistía, vino, frutas, …, sangríaaa, sí, eso sí le sonaba, todos querían que hiciera una sangría, él era un negado para todo aquello que fuera manipulación de alimentos o de bebidas, tenía una idea vaga de cuando su madre hacia limonada en casa, lo llamaban cup de frutas, pomposamente, y era una sangría con muy poco vino y mucho aditamento no alcohólico, allí había un vino tinto alemán malísimo, y eél sacó toda su inventiva para poner mucho vino, algo de brandy alemán, diversas bebidas alcohólicas de las que no quiso ver su nombre, frutas cortadas por el holandés, y mucho azúcar, aquello fue un éxito, aquello le cosechó los mayores halagos que en su vida recibió ningún barman español, desató el entusiasmo de todos, incluida la dueña del hotel y el recepcionista, que también sucumbieron a la fiebre etílica, de Dalponti y al bajar Ana y probarlo, dijo que en su vida había tomado algo tan malo, lo que él tradujo de manera no literal para regocijo de todos, la fiesta estaba planteada, él estaba muy ocupado en hacer sangría y emborracharse, y ella optó por la única vía razonable, hablar con Dalponti, que, temeroso de la policía de carreteras, cosa que ni Ana ni su amigo español lograban entender, bebía agua con gas como ella.

Dalponti le contó que estaba muy contento porque después de años de esfuerzo le habían hecho coordinador y ahora viajaría a visitarlos a todos, Ana le contó que aquella había sido una gran ocasión de promoción para ella, ambos hablaron de lo brillante que era su amigo español y de la gran carrera que le esperaba, y contemplaban las locuras de aquel desatado grupo de personas, aparentemente sensatas hasta hacía un rato, y que ahora bailaban la conga con una corbata como cinta de cabeza.

Había estado comiendo, pero el eje central de aquello era la bebida, la sangría había dejado de existir hacia tiempo, pero las bebidas seguían apareciendo fruto del pacto realizado, de repente Dalponti puso cara de susto y se levantó de la silla como un resorte para sorpresa de Ana, ¡el postre!, y salió corriendo como una bala, lo había comprado antes de llegar a la fiesta, y lo había olvidado, salio disparado hacia el coche y eso les permitió organizarse para darle el pequeño homenaje que le tenían preparado.

Cuando llegó, todos de pie, le estaban aplaudiendo y aquel hombre, con una bandeja de dulces en la mano, y su cara de sorpresa, rompió a llorar, como no esperaba nadie que lo hiciera, Ana, por un efecto simpático, derramó unas lagrimitas, y se acercó a él como habían previsto, para entregarle el regalo, que ninguno supo qué era porque no quiso abrirlo hasta poder hacerlo con su esposa, en casa, Ana le besó en las mejillas, y después dio la mano uno por uno a todos los integrantes de aquella ONU en pequeño, después dejó los pasteles encima de una mesa, y todos le acompañaron a la puerta del hotel cantándole y vitoreándole, el sonreía y se dejaba llevar, en ese su minuto de gloria que después relataría en casa a los suyos.

© 2009 jjb

votar

miércoles, 15 de abril de 2009

Nueremberg /23

Ayer estuvo bien la fiesta, ¿verdad?, Ana tenía un carácter calmado, pero podía ser explosivo en un momento en el que le tocaran las narices, o ella pensara que lo hacían, pero había aprendido hace tiempo a temperarlo, a contar hasta cinco, e incluso hasta diez, y ésta era una de esas ocasiones. Un anodino sí, solucionó un problema de cuantas y carácter, y con todas sus ganas se propuso olvidar aquel comienzo, he pensado mucho en lo que hablamos el otro día, yo también, y él dijo que entendía perfectamente que había que vivir al día, que entendía con absoluta claridad que ella aún estuviera viviendo los efectos secundarios de una relación que se le había hecho monótona, que comprendía que sus pasos les habían llevado poco a poco a una atracción que era real y certera, pero que él seguía sintiendo por ella algo más que atracción, algo más que deseo, que creía que estaba enamorándose de ella, con una fuerza que desconocía, de una forma que nunca había sentido.

Ana le miraba y no lograba ponerse en situación, le habían contado mil y una vez que los hombres sólo pensaban en lo mismo, que su única motivación era llevarlas a la cama, abusar de ellas, y una vez que obtenían lo que querían, las abandonaban, incluso a veces sin hacerse cargo de los resultados de aquella experiencia, y ella, que precisamente quería que aquel garañón, que hiciera lo que estaba previsto que hiciera, que se comportara como un asqueroso hombre sin principios, como un joven desatado por las fuerzas de la naturaleza como estaba ella, para una vez que sacaba los pies del tiesto, le salía un romántico, sinceramente le apreciaba, era buena gente, pero si no fuera por aquello, pensaría, quizás lo pensara en lo más profundo de sí, que era tonto, o bobo, o ciego, se estaba ofreciendo sin condiciones, se estaba entregando como ninguna mujer de su época se atrevería hacer, y él le decía lo bello que era el amor.

Pero de nuevo salió su parte práctica, quizás no se lo había sabido explicar de manera adecuada, quizás él, que era inteligente, o al menos eso suponía, no había captado el mensaje alto y claro que le había enviado. Por eso cambio su estrategia, por eso intentó de nuevo expresarle lo que realmente sentía.

Mira mi niño, dijo mientras cogía su mano, yo estoy saliendo de una relación que sabe de obligaciones, de madrugones, de horarios, de cumpleaños, de fútbol los domingos por la tarde, y fútbol los miércoles por la tarde, de padres y madres, de suegros, de comuniones en mayo, y besos contados, sexo milimetrado y obligatorio a ciertas horas, en ciertos sitios, vengo de una seguridad que tiene como precio el aburrimiento, y tiene como castigo que nadie te entienda, y estoy un poco cansada y sobre todo, no quiero volver a repetirla, te encontré a ti, y me gusta estar contigo, me encanta estar contigo, pero no quiero jurarte amor eterno, prometerte el resto de mi vida, sentarme contigo a calcular una hipoteca, cambiar los lugares y mantener las costumbres, no quiero reemplazar una obligación por otra, no quiero cambiar algo, para que todo siga igual. Quiero vivir el momento, no perder un segundo de estar contigo, compartir contigo todo, y darte a ti todo lo que tú quieras, y que me des todo lo que tú puedas, entiéndeme, no quiero perder ni un segundo de mi vida, quiero ser feliz y creo que tengo derecho a ello.

Claro que sí, él había asentido primero, y había bajado la cabeza después mientras ella estaba hablando, sí, estoy de acuerdo contigo, y yo tengo la misma idea, carpe diem, vive al día, disfruta del momento, porque mañana puedes ser el último, eso es, ella sintió que le había entendido, se acercó más y le besó, le besó con más ganas aún de las que ella pensaba, con todo el fuego que había ido acumulando en aquellos días en Nueremberg, en aquellos años de olvido y tedio, con la fuerza de sus pocos años y sus muchas necesidades, como una amante, como una esposa que acaba de recibir a su esposo que vuelve de las cruzadas tras veinte años de espera, como una mujer, con las hormonas locas y con cada uno de los poros de su piel sintiéndose cómplices de aquel beso que producía millones de efectos primarios y que les hacían sentir, a ambos, órganos de los que antes desconocían su existencia, sonidos que jamás habían oído antes y bombas en su interior que detonaban todos sus mecanismos de defensa y de actividad, un beso con aún más ganas y con aún más intención, un beso que duró más de lo imprevisto, más que lo deseable y mucho menos que el deseo que quedó vigente tras el tercer beso consecutivo, los viejos alemanes del parque miraban y sonreían sin escándalo ni sorpresa, a aquella joven pareja que estaba haciendo lo que ellos habían hecho antes probablemente en el mismo sitio, tras el tercer beso, y esa marca de un beso que ella le dejaba en los labios y que a él le volvía loco, quedaron mudos una eternidad de dos minutos y el dijo, yo te deseo, como no te puedes imaginar que se pueda desear a alguien, yo siento cuando te beso que el mundo esta a punto de pararse, o de girar más rápido, o yo que sé, porque tampoco me importa, porque yo lo que quiero es que ese beso dure mucho, que después de ese beso haya muchos más, que esto no sólo sea un momento, porque yo te estoy empezando a querer y quiero respetarte.

Dios mío, de nada había valido el sentido común, Ana se desesperaba, parecía que había captado el mensaje, fuerte y claro, y otra vez volvían a lo mismo, y cuantas más veces volvía a lo mismo, más le deseaba y menos ganas tenía de tener una relación estable con él.


© 2009 jjb

votar

martes, 14 de abril de 2009

Nueremberg /22

Solo quedaba ese día, las urgencias, el dolor de cabeza resumen de la noche anterior, los ojos pintados de rojo, la sensación de vértigo, la confusión, y el agua, que oxigenaba cuerpos castigados por la bebida.

El día en el curso fue amable, gracias, conformaciones, entregas de material, un pequeño cóctel estilo alemán, y sin que nadie lo esperara, un regalo, una calculadora científica difícil de encontrar en aquel tiempo, y difícil de utilizar salvo que tuvieras mucho tiempo para entenderla y una formación de ingeniero. Pero era la calculadora ideal para ponerla encima de la mesa y dejar que la vieran los demás. Siguieron las despedidas y quedaba Dalponti, él había sido el nexo de unión entre la frialdad eficiente alemana y el calor cercano mediterráneo, un confidente, una ayuda, un referente, y había excedido sus atribuciones en beneficio de los que asistieron a aquel curso, en una reunión de urgencia, imposible la noche anterior por el estado de los componentes, decidieron que a la fiesta de despedida de aquella noche, que también fue una decisión, pero que se dio por hecho, le harían un regalo a él y a su esposa, a los cuales invitarían. Y dicho y hecho, Dalponti dio las gracias, y rehusó la invitación, pero ante la desmesurada insistencia de todos, dijo que llamaría a su mujer, para ver cómo podían organizarse. Llamó y encontró una solución intermedia. Ella les agradecía la invitación, pero le era imposible ir porque no tenía a nadie con quien dejar a las niñas, pero él se acercaría, pero no estaría hasta el final, porque al día siguiente debería volver a su trabajo.

Formaron una comisión que comprara un regalo para los Dalponti, y decidieron que Ana debería formarla, pero ella aún no sabía ni de la fiesta de esa noche, ni ellos de que Ana tenía en mente otros planes, así que al decírselo ella se negó en redondo, con amabilidad y firmeza le decía a su traductor de cabecera que les dijera que ella no hablaba inglés, que además era mucha responsabilidad y que no conocía los gustos de aquella gente. Así que su gozo en un pozo, y tuvieron que crear otra comisión formada por el italiano, al que atribuían proximidad a Dalponti por la nacionalidad y Ian, que era el proveedor perfecto en cualquier circunstancia.

Y salieron de allí, cargados de papeles y bolsas, que amenazaban con hacer exceder el peso permitido en el avión y tener que pagar por ello. Le cantaron canciones al conductor del microbús, que sonreía mientras no entendía ni una sola palabra, y también por consenso, decidieron darle una jugosa propina por los días que les había hecho un momento de la mañana y de la tarde un poco más llevadero.

Ana antes de llegar al hotel le dijo que si daban un paseo antes de la fiesta, y así quedaron, unas horas después de llegar al hotel. Eran conscientes de que el reloj seguía su camino imparable, que ya no eran días, sino horas, el tiempo que les quedaba, y ambos querían medir sus palabras y sus movimientos con precisión de relojero para que nada se les escapara.

Para Ana la fiesta había sido un inconveniente, pero pasado el impacto inicial de nuevo apareció su tremendo sentido común, y aceptó el hecho como normal, era lógico que se celebrara aquella fiesta, aunque no estuviera dentro de lo que ella había previsto. Para él era no sólo lo lógico, sino lo deseable, estar con sus amigos recientes, compartir, loquear, beber, cantar, hablar, jurarse amistad eterna que seguramente no iría más allá de unos meses, o quizás ni siquiera eso. Pero una fiesta era una promesa, también es cierto que tenían pendiente Ana y él hablar unas palabras, fijar posiciones, admitir situaciones, llegar a un acuerdo. Y seguía sorprendiéndose cuando buscaba futuro con una mujer, cuando después de conseguirlas siempre lo que había pensado es en pasado.

A la hora señalada, él bajó, y quince minutos después bajó ella, y juntos se fueron al parque cercano, al que circundaba un río, y en donde ese verde intenso de los parques alemanes, inundaba todo. En un banco, en una vereda, junto al río, se sentaron para hablar.


© 2009 jjb


votar

lunes, 13 de abril de 2009

Nueremberg /21

Evidentemente cuando Ana le pidió que dejara que las cosas corrieran por su propia cuenta, no había pensado precisamente en aquella fiesta que se encontraron, pero él, de manera irritante, le había hecho caso a pies juntillas, y allí estaba con sus amigos de otros países, riendo a mandíbula batiente, y ajeno a todo lo demás, ella, aunque le trataban como a una reina, estaba aislada por el idioma, y sobre todo contrariada por el cariz que habían tomado los acontecimientos.

El se había desinhibido, posiblemente por la tensión acumulada durante tantos días, o posiblemente por las copas que, comenzando después de la cena, y con desmesura en aquella fiesta en el hotel, le habían ayudado a hacer lo que Ana le había pedido, no forzar situaciones, dejar que las cosas siguieran su curso. también quería estar cercano a sus compañeros, porque a pesar de la intensidad de aquella historia con Ana, también le gustaba estar con gente de otros países, de personas que aunque lejanas geográficamente, tanto tenían en común con él, y allí estaba, plenamente integrado en aquella fiesta de locos, armado de su copa, y riendo las ocurrencias de unos y de otros, de vez en cuando se acercaba a Ana que hacia verdaderos esfuerzos para entender los gestos y mímicas de uno o de otro, y actuaba de traductor para intentar explicarle las incoherencias de su interlocutor.

En un momento determinado Ana se levantó, se acercó a él, y le dijo que estaba cansada, que subía a dormir, que hasta mañana, y le dio un beso en la mejilla. No se despidió de los demás entre otras cosas porque habría sido inútil, y discretamente desapareció. El siguió la juerga, en la que sus compañeros, al llevarle unas cuantas copas de ventaja, y pasadas unas horas, tuvieron que abandonar en penosas condiciones, acompañadas de cánticos inaudibles en distintos idiomas. El lamentable estado de todos, le llevó al recepcionista de noche a inflar la cuenta un poco más, lo justo para que no fuera aún más descabellada de lo que era.

Y después se repartieron por sus habitaciones, augurando una resaca mortal en la mayoría de los casos, él tuvo muchísimos menos problemas para dormirse que en días anteriores, de hecho, y tras un breve paso por el baño para hacer sus abluciones nocturnas, cayó desmayado en la cama nada más acostarse, aquella noche iba a ser más corta, pero sobre todo iba a ser diferente a lo que tenían previsto Ana y él.


Ana les oyó subir, les oyó sus cánticos incalificables, sus palabras en un imposible tono y en un timbre distinto, sus risas, y por fin el silencio, esperaba algo, pero no ocurrió lo que esperaba, y eso le produjo aún más incertidumbre, eso le alteró aún más, no le gustaba que las cosas no ocurrieran como ella quería, no le gustaba que las cosas se desviaran por derroteros que no tenia previstos. Y aquello no debía quedar así, pero nada podía hacer, nada que fuera efectivo porque él seguramente habría estado inmerso en la fiesta, habría bebido y no estaría para muchas bromas, ni para muchos líos, así que siguió allí, comida por las ganas de hacer y no poder, intentando dormir y estar en vela, enfadada y comenzando un tenue dolor de cabeza que prometía ser peor con el paso del tiempo y las horas sin dormir.

El silencio se hizo con el hotel de nuevo, el pesado sueño, toses dispersas, alguna que otra visita de urgencia al baño, y la vigilia de Ana en su habitación, y del recepcionista en la entrada, sólo alterada por alguna cabezada que de vez en cuando daba perdiendo el equilibrio y la compostura, la noche se iba apagando y el día comenzaba, iba a ser un largo día, y unos por los excesos, y Ana por la falta de sueño, lo empezarían en desigualdad de condiciones y en un estado muy poco recomendable para nadie.



votar

viernes, 10 de abril de 2009

Nueremberg /20

Tienes razón Ana, es absurdo plantearse el futuro viviendo como vivimos un presente tan bueno, mintió él, no nos planteemos nada, dejemos que las cosas corran con libertad, disfrutemos del momento, vivamos el segundo, me gusta tanto estar contigo, me gusta tanto tener tu mano entre las mías, que me beses cuando menos lo espero, que me hables con ese acento que tienes que me pierde, que estemos aquí sentados en un restaurante griego en Alemania y parezca que llevamos viniendo aquí toda nuestra vida, estoy de acuerdo contigo, vivamos el momento, no pensemos más, y como me tienes muy harto con tus iniciativas, ahora seré yo, bésame.

Se besaron y se rieron con la ocurrencia, era el tercer beso, y la enésima explicación, eran un hombre y una mujer en sazón, que se deseaban y que prejuicios, ideas encontradas, ideas preconcebidas podían apartar de su deseo, pero que avanzaban con paso seguro camino a su destino, sea cual fuere, un poco más desinhibidos después de aquella copa que habían alargado con la conversación, y que en un momento dado entendieron por los ruidos en la cocina y los movimientos más frecuentes de los camareros, que era ya tarde según los cánones alemanes, pidieron la cuenta, pagaron añadiendo una generosa propina de nuevo, y de nuevo pasaron por el rendez vous de la plantilla al completo a la que debieron saludar en un interminable pasamanos digno de una recepción real.

Su camarero boliviano intuía que aquella despedida seria posiblemente definitiva, y tuvo palabras de cariño hacia ellos, ella se lo agradeció, y él también, pero con la profunda sensación de que quería ligar con Ana, cada vez se hacía mas extensa esa sensación, y ya pensaba eso del recepcionista del hotel, del holandés, del conductor del microbús, y hasta de Dalponti, aunque el síndrome avanzaba rápidamente, no quiso ni darle importancia ni a pensar el motivo de que fuera tan generalizado.

Y de nuevo un taxi, otro mercedes volando por las impolutas autopistas alemanas, la mirada del conductor por el retrovisor, la noche, y la llegada a lo que llamaban su casa, el recepcionista del turno de noche se lo dijo en un inglés con fuerte acento germano, les están esperando en el comedor, y allí estaban todos, totalmente borrachos, y encantados de verles entrar, tan encantados que sus sonoros gritos asustaron a la pareja, conocedores del estricto control que la dueña del hotel hacía del silencio respetuoso a los demás clientes. Ian había llegado a un acuerdo con la dueña, no había más huéspedes, les dejaría que utilizaran el comedor para hacer fiestas los días que les quedaban, les pondría bebidas alcohólicas sin límite, y a un precio muy favorable a sus intereses, pero le pagarían la cantidad incrementando unos pocos marcos las facturas de sus respectivas habitaciones, o lo que es lo mismo, fiestas interminables, alcohol y diversión, y el precio diluido en una formal y seria factura alemana de un hotel, ¿Cómo habría conseguido Ian convencer a la señora teutona?, el caso es que estaban allí, y a él le hubiera gustado tomar una cerveza, pero como era autoservicio, solo había bebidas fuertes y refrescos, el optó de nuevo por un escocés con soda y a Ana le cogió una botella de agua, que por defecto, y muy a su pesar, siempre era con gas.

Y se metieron en la fiesta, en la que de momento se les había asignado el papel de interrogados por el resto de los componentes, que sufrían de manera ostensible los efectos del alcohol. ¿Dónde habéis estado?, ¿Qué habéis hecho?, ¿sois novios?, ¿os vais a casar?, sobraban las respuestas porque nadie las esperaba, pero la bebida les había permitido al menos desplegar las preguntas, mencionarlas, aun a sabiendas de que no habría respuestas, ni siquiera habría mentiras, pero no estaban los interrogadores para fijar su atención mucho tiempo en un mismo tema, así que empezaron los cánticos regionales, las canciones de los Beatles, las declaraciones de cariño eterno y las fases de la borrachera que, por la experiencia de aquella noche son eternas y multinacionales. Exaltación de la amistad, cantos alegóricos y bailes regionales, las verdades y los me caes bien, aumento de la temperatura y acoso sexual, degradación del idioma, autosuficiencia moral y económica, desplazamiento o transmisión de la culpabilidad, repentina perdida del equilibrio, y algunas otras fases en la que los teóricos aún no se han puesto de acuerdo, la dueña del hotel hacia oídos sordos, quizás pensando en los marcos que se iban sumando a las cuentas de aquellos magníficos clientes, y todos parecían felices en la inopia, salvo aquella pareja que posiblemente tenía otros planes para aquella noche.



votar

jueves, 9 de abril de 2009

Nueremberg /19

Eso salvó unos escasos minutos, un poco de tiempo, justo el necesario para poder pensar, colocar las cosas en su sitio, conformar posiciones, fijar conceptos, no esperaba esa reacción de él, es más, esperaba que actuara como ella pensaba que era, desenvuelto, disoluto, un poco canalla, superficial, machista, obseso con el sexo, poco romántico, materialista y torpemente carnal, una bomba sexual carente de sentimientos y con miles de neuronas recorriéndole el cuerpo cada vez que una mujer andaba por los alrededores, le había observado cómo a pesar de que se le veía atento con ella, observaba las mujeres con esa mirada que tanto había odiado otras veces y que tanto agradecía que él tuviera, las diseccionaba, las imaginaba en sus brazos, las seguía con la vista con descaro y con la mayor naturalidad del mundo, le sabía desenvuelto y sin inhibiciones, y eso era lo que ella deseaba, sólo eso, tampoco estaba muy segura de lo que quería pero estaba totalmente segura de lo que no quería, y no quería obligaciones, ni tedio, ni hacer el amor con hora, ni regatear en momentos, ni repetir la gimnasia, ni fingir un orgasmo, ni decir te quiero cuando hubiera preferido decir no es esto, quería sentirse mujer en los brazos de aquel que no volvería a ver, y abandonarse al deseo un segundo, el tiempo necesario para sentirse viva en brazos de otro, el tiempo justo, para poder de nuevo incorporarse a la rutina, a sensatez y a la rutina. Quería parar el reloj, hacerse aquel regalo prohibido, darse una pequeña satisfacción que redimiera años de buen comportamiento y prestara una razón para pensar en algo que nunca paso, pero que fue cierto, lejos de la isla, lejos de su vida, muy cerca de su piel y de sus sentidos.

No quería dejar una rutina por otra, plantearse una situación de dependencia que reemplazar a otra, no quería pasarse la vida arrepintiéndose de no haber hecho lo que le pedía el cuerpo por evitar las llamas del infierno, Y el infierno no le preocupa en absoluto, lo que le preocupa eran esas llamas internas que le estaban quemando y que en un segundo, hacía nada, se habían apagado momentáneamente oyendo lo que no hubiera querido oír.

¿Pero cómo te vas a enamorar?, somos jóvenes, estamos juntos, entre ambos hay atracción, estamos en un sitio precioso, y estamos disfrutando del momento, sigamos haciéndolo, es mejor vivir este momento que ha surgido entre nosotros, vivirlo intensamente sin pensar en mañana, en pasado, en toda la vida, disfruta del momento.

Carpe diem, pensó él, carpe diem, lo que toda su vida había puesto en práctica, la vieja frase de Horacio que aquel viejo profesor de latín que dejaba que la ceniza de sus cigarros hiciera una interminable fila en su mano, de dedos amarillos por la nicotina y doscientas manías que le hacían ser acreedor de los más terribles motes, se había empeñado en que al menos todo un curso de la lengua muerta, sirviera para algo, y les explicara con detalle. Carpe diem, literalmente “cosecha el día”, aprovecha el día, no lo malgastes, vive al día, mañana quizás no estés aquí, el eterno recurso de la literatura de todos los tiempos, la razón de su vida, la excusa perfecta para justificar sus excesos, y ahora lo estaba oyendo de aquélla que le quitaba el sueño, la aplicación práctica de lo que él practicaba sin contar con nadie. Carpe diem.

No dijo nada, seguía mirándole a los ojos mientras mantenían juntas sus manos, ella calló un momento y siguió hablando, yo salgo de una relación que ha sido muy intensa, que aún hoy es muy intensa, y me gusta mucho estar contigo, me gusta mucho saber que estás ahí, tengo la impresión de que siempre has estado conmigo, y no sé por qué, pero cuando estoy contigo me siento segura, no necesito palabras para comunicarme, y me das confianza en mi misma. Él estaba esperando el “pero”, pero no llegaba, y ella siguió hablando, en un discurso que le conducía, aunque era una declaración de principios y de acercamiento, a la impresión de que le estaba enviando un mensaje, un sí pero no, un no te acerques pero acércate, y eso le hacía aún más atractiva, aún aumentaba su potente atracción hacia ella, su mecanismo de precaución para no tratarla como a las otras, para respetarla, para respetarla, lo razonable, lo que jamás hacía, era precisamente lo que en esta ocasión le distanciaba.


votar